La trompeta desquiciada

Author: matías /

Recomiendo leer el cuento escuchando la siguiente canción, pero claro, es simplemente una recomendacion, puede usted hacer lo que quiera:





De a poco, las nubes fueron avanzando hasta cubrir el cielo. El auto sonaba con desgano mientras transitaba un olvidado camino rural. Adelante, el oficial Sotomayor manejaba con cara de cansancio, siempre en silencio, siempre serio. En el auto con el, también viajaban dos oficiales más. La patrulla era vieja y recibía cada pozo del camino con dureza, igual transitaban a una velocidad considerable. La policía del lugar siempre salía a recorrer los caminos por las noches, en busca principalmente de animales sueltos más que nada.
_¿Puedo poner música?_ pregunto el oficial Páez, que estaba sentado junto al conductor.
_Como quieras, pero no muy fuerte_ respondió Sotomayor con desgana.
De algún bolsillo del pantalón Páez saco un casette un poco viejo rogando que la radio anduviese. “En estos autos nunca se sabe” pensaba Páez para sus adentros, cansado de tanto salto, de tanto pozo.
Al comienzo el sonido del bajo hizo que Páez se sintiera más cómodo. Por alguna razón que el ignoraba, o simplemente no se había tomado el tiempo de inventarla aun, en el vehiculo habitaba una extraña tensión entre sus ocupantes, todos callados, todos serios, y ahí la trompeta que comenzaba con sus frases delicadas y suaves, y Páez que se tiraba mas sobre el asiento y miraba como en el horizonte los rayos anunciaban la tormenta. “Que increíble la naturaleza” pensó.
_ ¿Siempre llevas el casette en el pantalón?_ sonó como de lejos Astrada, ubicado en el asiento de atrás.
_ Te va a sonar gracioso, o a lo mejor no, pero para mi salir sin ese casette, es como salir sin un brazo_ respondió Páez sin poder disimular en la voz el tono burlón que lo caracterizaba.
_ Sos un tipo raro Páez_ dijo Sotomayor y los tres callaron nuevamente.
Comenzaban a caer las gotas sobre el campo, y el camino cada vez parecía mas largo, interminable se podría decir. El casette ya iba por la mitad, y entre los truenos y el agua que golpeaba el auto, la música de alguna forma, imposible quizás, sonaba mejor que nunca, como si hubiera sido concebida para ser escuchada en esas condiciones. Páez cerro los ojos por un momento, y casi pudo tocar la trompeta, sintió su brillo partiéndole el pecho en dos y vió la cara de Sofía antes de darle el primer golpe, y algo de eso lo éxito realmente, y con los ojos cerrados se recordó pegándole una y otra y otra vez. “Por que lo merecía” dijo apenas sin abrir la boca mientras apretaba con los dientes la sonrisa que se le escapaba.
El auto patinaba bastante en las curvas por lo que Sotomayor bajo considerablemente la velocidad, los tres seguían en silencio, pero ya Páez no estaba ahí, estaba en su mundo, como le decían los demás oficiales y le recriminaban. La disciplina nunca había sido lo suyo, siempre vago, siempre bohemio. Buscando hasta el fin un pueblo bien tranquilo, una profesión que ahí era absurda, una vida fácil.
La lluvia ceso de golpe, y el cielo se abrió por partes. Algunas estrellas ya asomaban por aquí, otras por allá. La trompeta ya tiraba las frases finales de la grabación, y de fondo, el saxo de Coltrane apareció como un milagro en el auto. Páez de reojo pudo ver a Sotomayor dejar atrás la modorra del viaje inútil, e imagino en su rostro un comienzo de sonrisa, siempre soñando con imposibles.
Las luces de la patrulla marcaron en la distancia, sobre el camino, una silueta embarrada que hacia señas desesperadas con los brazos, mientras corría en dirección al vehiculo. Al bajarse de este, los tres oficiales se embarraron hasta las rodillas, y vio Páez en la cara de sus compañeros una indiferencia absoluta, como si en esa noche embarrarse hubiera sido inevitable. Se acercaron caminando al hombre que corría, y este, del cansancio se había tirado al piso de rodillas, respirando con gran dificultad. Les hablo de una pesca en una laguna cercana, de un compañero, de unos ladrones, de que el había logrado escapar de milagro quien sabe como. Sotomayor no dudo ni un momento, movió el coche del camino, tomo dos linternas, levanto al hombre del suelo, y campo traviesa salieron los cuatro en busca de su amigo y de los malhechores.
Llegando a la laguna, se echaron al suelo. Ya la luna estaba alta en el cielo. De lejos se podía ver que habían comenzado una pequeña fogata en la playita. Sotomayor había dicho que lo mejor era separarse, rodearlos, y vos Páez con el hombre vayan por la derecha, nosotros por la izquierda y si se tiran al agua los hundimos a balazos por forros, y esto a Páez le había causado gracia, al punto de que hubiera largado carcajada si la situación no estuviese tan jodida. Sobre el monte, con el pecho en la tierra, embarrados hasta los huesos, Páez con el hombre vieron alejarse a los otros dos arrastrándose.
Con unas señas, el hombre dijo que avanzara Páez primero, que el lo seguía de atrás. Páez saco su arma, y se fueron juntos hasta un tronco que estaba caído. Desde ahí pudo ver a un solo hombre de espaldas. Páez no pensó en números, no pensó que era imposible que fuera uno solo el que estuviera ahí, no pensó que levantarse seria imprudente, no pensó que acercarse al hombre y ponerle el arma justo a la altura de la nuca hasta sentirlo tiritar por el frío del metal fuera peligroso, no pensó que podrían golpearlo desde atrás en el trayecto sigiloso, no pensó que su arma estaría descargada, no pensó que vería llegar a Sotomayor y a Astrada desde la profundidad de la noche para sumarse a la paliza que le daban en el suelo, sencillamente no pensó y todo marcho como en un sueño, lento y oscuramente.
De alguna forma extraña y silenciosa, pudo Páez escuchar desde el piso, por entre el sonido de los golpes y los huesos que se rompían, la trompeta que sonaba desquiciada ahora, y vio de nuevo la cara de Sofía, esta vez riendo y alejándose, cada vez más lejos, cada vez más lejos, más lejos.

Confesiones

Author: matías /


No siempre duermo cuando sueño.

¿Qué será de mi?

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¿y si baja una estrella
en esta dirección,
sera acaso un signo del final?
¿dónde dormiran los ocasos
cuándo tus ojos no se abran mas?

¿qué será de mi si me dejas
de este lado solo?
¿qué será de mi si me dejas
de este lado solo?

¿dónde quedará el aire
que se reserva
para tus suspiros?
¿qué será de mis sueños
cuando ya mañana
sean solo mios?

¿qué será de mi si me dejas
de este lado solo?
¿qué será de mi si me dejas
de este lado solo?



música, letra, voz, guitarra, bla bla bla: yo

Te recuerdo amanda

Author: matías /

Autor: Víctor Jara
Interprete: Silvio Rodriguez







Te recuerdo Amanda
la calle mojada
corriendo a la fabrica donde trabajaba Manuel

La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada
ibas a encontrarte con el,
con el, con el, con el, con el

Son cinco minutos
la vida es eterna,
en cinco minutos

Suena la sirena,
de vuelta al trabajo
y tu caminando lo iluminas todo
los cinco minutos
te hacen florecer

Te recuerdo Amanda
la calle mojada
corriendo a la fabrica
donde trabajaba Manuel

La sonrisa ancha
la lluvia en el pelo
no importaba nada,
ibas a encontrarte con el,
con el, con el, con el, con el

Que partio a la sierra
que nunca hizo daño,
que partio a la sierra
y en cinco minutos,
quedo destrozado

Suenan las sirenas
de vuelta al trabajo
muchos no volvieron
tampoco Manuel

Te recuerdo Amanda,
la calle mojada
corriendo a la fbrica,
donde trabajaba Manuel.

Sin corazón

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que ironía mujer
es tu silencio el que me habla
es el vacío
el lugar en donde me habitas
que tristeza mujer
es la distancia
tu caricia mas exacta
es el sol
un cantar a tus ojos
que no he vuelto a ver

quemare en el silencio
todo rastro de recuerdo
que la sombra se alimente
de mi pobre corazón
viviré sin decir nada
como si estuviera cuerdo
aunque varios ya sabrán
que he perdido la razón

que ironía mujer
es tu recuerdo
lo que me mantiene vivo
es tu fantasma
el espectro
que me arrulla por las noches

quemare en el silencio
todo rastro de recuerdo
solo sabrán de ti
los que escuchen mi canción
viviré sin decir nada
como si estuviera muerto
aunque varios ya sabrán
que vivo sin corazón


música, letra, voz, guitarra, bla bla bla: yo
como siempre la calidad es mala, por eso hay que escucharlo con cariño y pensando en potencial

Revelaciones

Author: matías /


QUINO ES UN GENIO

Cronicas del imperio III (la caida del imperio)

Author: matías /

La capital estaba en el centro mismo del imperio. Se posaba a ambas orillas del río más importante que atravesaba la zona. Por el venían desde el mar navíos, siempre cargados de lujosas e importantes mercancías, a comerciar con esta gran civilización. Mucha gente venia desde lejos para gozar de la paz y sabiduría de sus habitantes.

El foco del crecimiento siempre constante de la nación era su afán por la ciencia y el conocimiento. Era tal el empeño que ponían los ciudadanos por avanzar, tanto tecnológica como filosóficamente, que el resto de los países los miraban maravillados desde afuera, con el respeto de quien ve en el hermano el futuro mismo de la raza y no se atreve a molestarlo.

Entre los sabios que habitaban la capital, el más importante era un matemático llamado Heggel, adorado y venerado por su adelantada y superior mente. De su pluma había salido la era mas prospera que la nación nunca había visto. Desde tratados humanitarios hasta modelos astrofísicos del universo. Todo lo que salía de su boca era escuchado con atención. La gente callaba de repente si él hacia el gesto de comenzar a recitar algo. Día tras día, el pueblo esperaba ansioso su palabra. Y así pasaban el tiempo. Los años traían ideas, las ideas progreso, el progreso felicidad.

Los escribas de la nación, casi en su mayoría habitantes de la capital, habían decidido, por unanimidad en todas las asambleas, separar el tiempo en dos mitades, una oscura y primitiva, y una llena de luz y progreso, que había comenzado justamente en el año del nacimiento del sabio Heggel.

La casa del sabio daba, en su extremo sur, hacia el río, y en el norte, al pie de la avenida mayor de la capital. Era de un aspecto simple y humilde. Heggel, como todo sabio, conocía el valor de la humildad. Lo mas sobresaliente de la edificación –que tantas veces el alto consejo de la nación había propuesto ampliar para una comodidad que Heggel encontraba sinceramente innecesaria– era el balcón que daba hacia la avenida. Sobre el balcón el sabio transmitía sus meditaciones a sus miles de discípulos.

La actividad favorita del sabio era, luego de un día de trabajo mental, sentarse en la zona de su hogar que daba al río, y ver los barcos mercantes pasar, mientras los últimos rayos de sol hacían de las aguas un danzar de llamas vivas y frías.

Pero hubo un día en el que el sabio no salió de su hogar. Ni siquiera se asomó en el balcón. El pánico inundó al principio las calles, temiendo por la salud del ya anciano guía científico. Uno de sus discípulos, que era también uno de los más antiguos, se aventuró a entrar.

_¿Maestro?_ preguntó en la oscuridad de la morada. _¿Maestro?_ repitió.

_ ¿Qué buscas entre las sombras amigo mío?_ preguntó el sabio.

_Lo busco a usted_ se hizo el silencio. Luego prosiguió._Afuera la gente esta preocupada por usted maestro. Están preocupados por su salud._

_ Ve y diles que no se preocupen por mi_ respondió Heggel_ Diles también, que estoy cerca de encontrar la verdad del universo mismo a través de las matemáticas, y que llamare a esta verdad la ecuación de Heggel. Avísales además, que esta verdad, que aún a duras penas apenas puedo vislumbrar, será también la verdad sobre la vida misma y su origen. El hombre nunca volverá a ser el mismo, el hombre alcanzará la divinidad._

El discípulo se mordió los labios e hizo fuerzas para no llorar de la emoción. Sus pies apenas le respondían, y así, maravillado por las palabras del sabio comunico el mensaje a la capital entera.

Días y días pasaron, cada vez mas personas se amontonaban en la avenida principal de la capital, sin moverse por miedo a no estar atentos en el momento de la verdad. Todos pendientes del balcón de la humilde casa del sabio.

Cerca de la noche del décimo día, entre los murmullos de miles y miles de personas, el sabio apareció en el balcón. Bastó con un solo gesto de su mano para que el aire se hiciese más espeso. No había un solo ruido ni en las afueras de la ciudad. Todos miraban sin pestañear siquiera. El sabio respiró profundo, y ante la mirada atenta de la multitud comenzó a bailar como un pollo en su balcón durante horas, hasta caer muerto sin decir palabra alguna. Buscaron entre sus hojas, entre sus libros, entre sus dibujos, no encontraron nada más que los delirios de un hombre senil, y el mundo nunca volvió a ser el mismo.

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